Quien crea que la mentira pueda desaparecer en muchos ámbitos sociales, como los de la política o la justicia, por ejemplo, es un auténtico ingenuo. Muchos filósofos justificaron la mentira en aras de preservar una estrategia o para no comprometer a la diplomacia, pero la necesidad de creer y apoyarnos en un pilar seguro para no zozobrar en la crisis me obligan a aceptar las “contradicciones” del presi antes que confiar en la “verdad” del de Soto del Real y en la línea editorial de El Mundo. Sobre lo que se cuece en las intimidades de los partidos respecto a su financiación, realmente sólo lo saben ellos, pero dudar sobre sus cuentas, sus sobresueldos o gratificaciones, parece que no se le escapa a nadie. De todos modos, la fe es una cuestión de confianza, y mientras esa confianza no sea quebrada por el excelente equipo judicial que lleva el caso, en cuestiones de fe no me meto, y está en ustedes creer lo quieran sobre ello.
Hoy la confianza está en la calle, en esa percepción de mejora económica que nadie puede ahora negar, y que yo percibí de forma inequívoca durante mis vacaciones. Los bares y establecimientos que cerraron el año pasado, abrieron de nuevo. Los comercios trabajaban a todo trapo, y estaban abarrotados de gente. El bullicio de la calle me inspiró una confianza que no puedo describir, y que hacía mucho tiempo que no percibía.
Fuera de mi percepción subjetiva, los datos son los que son. El tesoro público acudirá a los mercados de un modo más relajado de lo que lo estaba haciendo hasta ahora, reduciendo el volumen mensual de emisiones aproximadamente en un tercio, ya que se ha cubierto más del 75 por ciento de las necesidades de financiación de este año. Y aún más, la volatilidad del bono español estuvo casi como la del bono alemán, y esa ausencia de oscilación lo delata como un activo financiero que tiende a la estabilidad haciendo también que el retorno sea más predecible. El IBEX sube y se instala a niveles de máximos anuales, en torno a 8700 puntos, siendo los mercados alcistas los que parecen dominar la situación. La economía alemana tiene, como no podía ser menos, una dirección bien definida, y la periferia europea sometida a cintura no para de ofrecer noticias positivas, como la de nuestra prima de riesgo, que define el diferencial a 10 años respecto al bono alemán, que lleva cayendo hasta niveles del 2011, en torno a los 270 puntos básicos. Por si fuera poco, el IPC descendió a la mitad respecto al mismo período de tiempo en el año anterior, y el paro descendió paulatinamente durante los últimos meses, más allá de la estacionalidad acostumbrada. Las medidas tomadas están dando frutos, y no me cabe la menor duda que contribuirán a mejorar mucho más la situación. La necesidad de creer puede ser un síntoma de fuerza o de debilidad, y eso, a mi juicio, dependerá de como nos vayan las cosas económicamente. Lo demás queda en manos de la política de bisutería.
miércoles, 14 de agosto de 2013
lunes, 22 de julio de 2013
Como comer un "marrón"
Siempre me ha fascinado el amplio sentido común de la “generalidad social”, de esa maravillosa grey, humilde y sencilla, que sufre en silencio los devaneos de la historia, eso que generan los “carismáticos” y simpáticos líderes que alimentan su ego con la megalomanía del poder a cuenta de todos nosotros.
Pretender salir medianamente bien parado de una crisis pasa siempre por ofrecer lo antes posible información sincera y veraz sobre el “marrón” que se ha cocido, disculpando lo ocurrido, reconociendo los errores y, sobre todo, dar cumplida información sobre el asunto antes de que los rumores se asienten como indiscutibles verdades. Recuperar la credibilidad nunca es fácil, pero para reparar el fiasco se puede empezar por intentar explicar lo que pasa y lo que se pretende hacer para evitar que se repita, apuntalando los primeros resquicios de una renovada confianza.
Eso es lo que posiblemente hubiera hecho yo, y lo que el sentido común me dicta, pero es difícil que yo incurriera en las inexplicables torpezas que nos suelen brindar los líderes de la manada en este país. Hablando de manada, poner al más macho de todos administrando los billetes es tremendamente arriesgado, ya no sólo porque se lleve él la pasta, sino porque acaba siendo el auténtico líder al manejar cuando quiera, con miserables dádivas, a los que se dejen seducir por el exquisito olor del parné.
En fin, estoy tan perplejo por lo que pasa en este país que si me lo cuentan no me lo creo, y a su vez, curiosamente, estoy tan intrigado en conocer como acabará el melodrama que no me pierdo ningún capítulo.
El sentido común de la gente no perdona, y los que se pasan de listos suelen acabar mal, por muy astutos que se crean, aunque haya media nación que se ruborice y la otra que se parta el culo a su cuenta. Es una pena, y quizás ya tarde para una explicación verosímil sobre lo que despacha el “Bar Cenas”, donde ahora sólo abre los domingos para servir platos fríos, como lo demanda toda vendetta que se precie.
Pretender salir medianamente bien parado de una crisis pasa siempre por ofrecer lo antes posible información sincera y veraz sobre el “marrón” que se ha cocido, disculpando lo ocurrido, reconociendo los errores y, sobre todo, dar cumplida información sobre el asunto antes de que los rumores se asienten como indiscutibles verdades. Recuperar la credibilidad nunca es fácil, pero para reparar el fiasco se puede empezar por intentar explicar lo que pasa y lo que se pretende hacer para evitar que se repita, apuntalando los primeros resquicios de una renovada confianza.
Eso es lo que posiblemente hubiera hecho yo, y lo que el sentido común me dicta, pero es difícil que yo incurriera en las inexplicables torpezas que nos suelen brindar los líderes de la manada en este país. Hablando de manada, poner al más macho de todos administrando los billetes es tremendamente arriesgado, ya no sólo porque se lleve él la pasta, sino porque acaba siendo el auténtico líder al manejar cuando quiera, con miserables dádivas, a los que se dejen seducir por el exquisito olor del parné.
En fin, estoy tan perplejo por lo que pasa en este país que si me lo cuentan no me lo creo, y a su vez, curiosamente, estoy tan intrigado en conocer como acabará el melodrama que no me pierdo ningún capítulo.
El sentido común de la gente no perdona, y los que se pasan de listos suelen acabar mal, por muy astutos que se crean, aunque haya media nación que se ruborice y la otra que se parta el culo a su cuenta. Es una pena, y quizás ya tarde para una explicación verosímil sobre lo que despacha el “Bar Cenas”, donde ahora sólo abre los domingos para servir platos fríos, como lo demanda toda vendetta que se precie.
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miércoles, 17 de julio de 2013
Más de lo mismo
Es curioso, pero la solución a nuestro grave problema del paro parece ser que pasa por comprometer más dinero de la Europa razonable. En fin, pocos cuestionamos lo que ahora bendicen juntos el gobierno y la oposición, y parece ser que “convencieron” a la Europa solvente de que regando puntualmente con la “pasta gansa” de todos el seco panorama del paro, el trabajo brotará sin más. Nadie piensa en el abono y en los nutrientes básicos que la tierra debe contener para que con el dinero “fácil” se asiente el futuro. De repente, tanto al gobierno como a la oposición les apremia sacarse de encima la lista del millón de parados juveniles, haciendo creer a todo el mundo que con los 6000 millones cualquier cosa es posible.
En la mayor planicie de ninis de Europa, ese neologismo en el que cabe todo aquel que renuncia a cualquier compromiso y esfuerzo por superar su propia condición, pretendiendo vivir negándose a asumir cualquier iniciativa que les lleve a hacerse dueños de sí mismos, sólo queda la pasta, esa pasta bonita que parece fluir como el viento a pesar de que somos los parias de la comunidad. No vale de nada la pasta sin el compromiso y esfuerzo de una sociedad por superarse a sí misma, y no vale ninguna escuela del Universo para quien se niegue a estudiar. Yo soy tan escéptico como Merkel, y la cultura del trabajo es una cultura de vida, es algo que va más allá de que el estado, el partido o el sindicato, capitalicen un aspecto vital que depende en gran medida de nosotros mismos, del trabajo duro, del compromiso y del esfuerzo, que cada uno de nosotros pueda empeñar para resolver su propia vida. En fin, más de lo mismo.
En la mayor planicie de ninis de Europa, ese neologismo en el que cabe todo aquel que renuncia a cualquier compromiso y esfuerzo por superar su propia condición, pretendiendo vivir negándose a asumir cualquier iniciativa que les lleve a hacerse dueños de sí mismos, sólo queda la pasta, esa pasta bonita que parece fluir como el viento a pesar de que somos los parias de la comunidad. No vale de nada la pasta sin el compromiso y esfuerzo de una sociedad por superarse a sí misma, y no vale ninguna escuela del Universo para quien se niegue a estudiar. Yo soy tan escéptico como Merkel, y la cultura del trabajo es una cultura de vida, es algo que va más allá de que el estado, el partido o el sindicato, capitalicen un aspecto vital que depende en gran medida de nosotros mismos, del trabajo duro, del compromiso y del esfuerzo, que cada uno de nosotros pueda empeñar para resolver su propia vida. En fin, más de lo mismo.
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viernes, 14 de junio de 2013
¡ Menuda Pesadilla !
Una inquietante pesadilla desbarató el reparador sueño que inicié después de escribir el anterior post. Quizás los anarquistas de mi barrio no estén exentos de razón cuando manchan las fachadas afirmando: "la conciencia no genera monstruos cuando sueñas, sino cuando duermes". Mi hermosa gatita, que suele dormir a mi lado en mi cama, lamió mi mano y me susurró: “no todos los empresarios cumplen, los hay desaprensivos y usureros, y más de los que tú te crees”. En fin, totalmente de acuerdo con ella; aún más, sufrí yo algo de eso y acabó en tragedia. A pesar de todo, no puedo criminalizar a un colectivo social tan importante porque, obviamente, no puedo presumir de que la mayoría sea así. Si en este país lo de criminalizar y politizar las cosas fuera a menos, muchos problemas dejarían de serlo.
En todo caso, le comenté a mi gatita que la pesadilla que comprometió mi descanso era mucho más turbadora. Tenía la impresión de que yo giraba al ritmo de un engranaje que lo movía todo. Movía las estrellas, los planetas, me movía a mí y a la demás gente, y con ello eran arrastrados los coches y la economía y la escuela y todo lo que yo ya no podía abarcar ni definir; lo movía todo como si fuera un sistema de transmisión infinito, donde el lento, pero inexorable devenir del tiempo, escondía en cada giro el último axioma de nuestra existencia: un círculo vicioso que nos condenaba a todos a reiterar lo vivido entre cada ciclo inicial y final del cosmos. Me sobrecojo puntualmente cuando tengo la sensación de que las cosas no suceden porque sí, sino que hay una fuerza que arrastra a las personas más allá de brindarles una opción, y sin saber por qué, de repente acaban contemplando el escenario tragicómico de su vida desde una cuneta, fuera del plácido trazado vital que uno espera poder disfrutar. Hoy ni siquiera sé por qué escribo realmente todo esto, pero quizás lo hice porque sea importante, entre otras cosas, disponer de algo de dinero en el bolsillo, aunque para ello tenga que moverse una noria que desborde los límites de nuestra imaginación. Algún día las cosas volverán a ser como eran, y la pasta fluirá como el viento para poder alimentar la comedia cotidiana en la que estamos felizmente inmersos.
En todo caso, le comenté a mi gatita que la pesadilla que comprometió mi descanso era mucho más turbadora. Tenía la impresión de que yo giraba al ritmo de un engranaje que lo movía todo. Movía las estrellas, los planetas, me movía a mí y a la demás gente, y con ello eran arrastrados los coches y la economía y la escuela y todo lo que yo ya no podía abarcar ni definir; lo movía todo como si fuera un sistema de transmisión infinito, donde el lento, pero inexorable devenir del tiempo, escondía en cada giro el último axioma de nuestra existencia: un círculo vicioso que nos condenaba a todos a reiterar lo vivido entre cada ciclo inicial y final del cosmos. Me sobrecojo puntualmente cuando tengo la sensación de que las cosas no suceden porque sí, sino que hay una fuerza que arrastra a las personas más allá de brindarles una opción, y sin saber por qué, de repente acaban contemplando el escenario tragicómico de su vida desde una cuneta, fuera del plácido trazado vital que uno espera poder disfrutar. Hoy ni siquiera sé por qué escribo realmente todo esto, pero quizás lo hice porque sea importante, entre otras cosas, disponer de algo de dinero en el bolsillo, aunque para ello tenga que moverse una noria que desborde los límites de nuestra imaginación. Algún día las cosas volverán a ser como eran, y la pasta fluirá como el viento para poder alimentar la comedia cotidiana en la que estamos felizmente inmersos.
domingo, 2 de junio de 2013
Sobre lo mínimo
Tuve siempre la impresión de que la falta de libertad económica condiciona la severidad de la crisis en la que estamos inmersos en este país. Mi percepción es que aquí, en general, giró la economía haciendo caso omiso a los indicadores de eficiencia que siempre nos delataban como un país con un rendimiento muy por debajo de lo que nos identificaría como realmente serios. Es difícil que alguien pueda emplear a otro a un precio superior al que puede ofrecerle, y aunque al numerario sindicalismo vertical que padecemos le cueste entender lo que digo, si el salario mínimo se establece muy por encima de la productividad que pueda generar un trabajador, tengo la convicción de que la mayoría de los trabajadores acabarían en la calle. Siempre habrá una España de delirio que hábilmente distorsionará la realidad, señalando como causa de todo mal esa depravada razón empresarial que tiene como único objetivo el afán de lucro y, por extensión, la iniquidad por excelencia, ese capitalismo “aterrador” que tanta “mala” vida nos viene dando durante tanto tiempo. Esto es de consumo interno y, quizás, por desconocer el socialismo, es triste que haya gente que todavía se lo trague. Cuando yo empecé a trabajar no tenía salario mínimo. Era músico de baile y, tanto yo como mis compañeros, cobrábamos lo que trabajábamos. En ocasiones, firmábamos con el contratista un sueldo por cierto tiempo a cambio de que él dispusiera de nosotros para trabajar, y siempre que nos garantizara el sueldo pactado, obviamente sacaba también partido de este negocio. Los empresarios con los que he trabajado cumplieron como lo hicimos nosotros, y siempre estaré agradecido por la confianza y la oportunidad que nos brindaron. Fue mejorando día tras día el resultado económico de la música, y fue a costa de nuestro esfuerzo, compromiso y tenacidad, pagando la gente cada vez más por los buenos momentos que les ofrecíamos. La eficiencia está en el curro, más compromiso y esfuerzo, mejores resultados y mayor sueldo. Así nos lo currábamos, y así es como creo que debieran de ser las cosas inicialmente, sin trampa ni cartón. No conozco a nadie que no superara en el tiempo el sueldo “mínimo”, pero establecer un salario por ley por encima de lo que los empresarios pueden realmente ofrecer, a mí no me cabe la menor duda de que muchas oportunidades de trabajo se acumularán irremediablemente en las oficinas del paro. En los Estados Unidos de América también todo esto está a debate, y aquí les dejo esta interesante página web para enterarse del tema. Por favor, insisto, no confundan la estafa y el alegre albedrío hipotecario con el capitalismo, porque el capitalismo por virtud es hacia donde converge una sociedad siempre que sea libre.
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lunes, 20 de mayo de 2013
Rub, ni la UE te quiere escuchar
Tengo la sensación de que el líder de la oposición, el señor Rubalcaba, no se entera absolutamente de nada. Realmente es una auténtica temeridad pretender ser protagonista de la economía generando ocupación sin estructura productiva, echando mano de la misma estrategia que siguió su desastroso correligionario ZP. Dice que falta crédito, que la Comunidad Europea debería comprometer un sinfín de millones más para satisfacer su peculiar forma de entender la economía para reducir el paro, todo ello llevándonos finalmente a un rescate seguro, ya que la pasta no vendría del aire, e incrementaría hasta la locura nuestra deuda pública. ¿No hay créditos? Sí hay créditos. Lo que no puede ser es despacharlos con la alegría que se hacía antes, socializando el riesgo que supone otorgarlos a gente que luego no puede garantizar pagarlos, generando una bolsa de impagos que hoy no sería más que otro estrepitoso escándalo. No hay que desesperar. La sociedad española empieza a entender la economía mucho mejor que cualquier socialista que pretenda hacerla girar a través de dilapidar el erario público, asumiendo compromisos y riesgos propios de esa iniciativa privada que tanta falta hace, alejada de la sinecura o mamandurria promovida desde el poder, que generará, poco a poco, un tejido productivo solvente, que se haga a sí mismo aceptando enteramente la responsabilidad y el riesgo que conlleva su negocio. En suma, lo que necesitamos son héroes, que ahora por desgracia serán de necesidad, ya que la gente que deje de trabajar, por la razón que sea, no le quedará más remedio que agudizar su ingenio y tomar su propia iniciativa, echando mano del potencial de sus aptitudes para poder contribuir a su supervivencia y, en total, también a la de todos. Afortunadamente, la Comunidad Europea se desentiende de su idea, y la humildad pasa por una autocrítica que nunca llega en este socialismo de bisutería, donde el líder de la oposición tuvo una enorme responsabilidad en el fiasco heredado del pasado al lado de ZP.
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sábado, 27 de abril de 2013
El trabajo no se compra
Los gobiernos no crean empleo, a lo sumo, parecen sentirse obligados a promover políticas destinadas a facilitar la iniciativa a todos aquellos que quieren comprometer su dinero para crear su propia empresa o negocio. Perdón, ya me gustaría que fuera así. Yo me conformaría con que no metieran mucho las narices donde no deben, y que no le complicaran tanto las cosas a la gente en este tema como lo suelen hacer habitualmente. Lo que aquí acostumbran a llamar “Políticas Activas de Empleo”, suelen pretender mantener la ocupación a cualquier precio, socializando ampliamente los riesgos de cualquier iniciativa de trabajo que se preste, sin importar mucho que el déficit que esto pudiera generar fuera más allá de lo que sobre cualquier empresa o negocio se puede asumir. No suele haber delirio laboral que no cuente con la prodigalidad del político de turno, tanto de izquierdas como de derechas. La subvención es el pecado capital de este país. Es algo así como un contrasentido. Un país que compra el trabajo es como un infeliz que tira del cajero para comprar el amor. Al final, siempre acaba sin pasta y sin tía, y en el ámbito laboral, sin blanca y sin chollo, y en el económico, además con deudas. Lo que para mí está claro es que es un mal negocio; de hecho, paradójicamente, donde se tira del teto para prodigar este tipo de políticas, doblan el paro de las más solventes. La oposición, fina estampa zapateril, sigue erre que erre manifestando que hay que endeudarse más, ciega frente a cualquier límite, pensando siempre en el efecto de la inmediatez, por supuesto, hasta que nos quedemos sin blanca. La mayoría de los negocios que actualmente están consolidados son los que nunca han arraigado detrás de una subvención, los que florecieron con el mimo, la tenacidad y el esfuerzo, de gente que asume compromisos que ningún dinero público puede conseguir. La economía arrancará cuando las empresas y la gente comiencen a finiquitar sus deudas, volviendo a disponer de un margen de liquidez que les permita gastar y mejorar sus negocios, solicitando créditos que sí luego podrán pagar. También arrancará cuando el estado se comprometa a gastar menos de lo que ingresa, y pueda saldar sus deudas sin someter a la sociedad a una especie de régimen confiscatorio que anula el incipiente margen de solvencia que familias y empresas empiezan a manejar. Mejorará también haciendo un poco más atractivo al capital productivo las condiciones laborales y fiscales, asumiendo que habrá que trabajar más y mejor, reiniciando el sistema contribuyendo todo el mundo a la mejora de las cosas, con sacrificios que hasta ahora desconocíamos, pero inevitables si realmente queremos garantizar nuestro futuro. Comprar el empleo no es la solución.
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